domingo, 11 de marzo de 2012

A la busca de la Verdad

Hoy se cumplen ocho años del peor atentado terrorista de la historia de España. Se trata de una fecha que ningún español podrá olvidar nunca y en la que el recuerdo de las víctimas tiene que hacerse presente. Ni el tiempo transcurrido, ni la investigación oficial, ni la sentencia han logrado arrojar toda la luz que los ciudadanos exigen en torno a las circunstancias y los autores de la masacre. Los datos de la encuesta que hoy publica EL MUNDO reflejan que la inmensa mayoría de los encuestados se muestra favorable a que los tribunales investiguen tanto la aparición de los restos de los trenes como el falso testimonio de las dos mujeres rumanas que sirvió para condenar a Zougam y si existió manipulación de pruebas por parte de Sánchez Manzano. Una gran mayoría de los encuestados se pronuncia asimismo a favor de que la prensa continúe investigando las dudas que subsisten sobre el 11-M.

La más insidiosa acusación es la que sostiene que ante las investigaciones periodísticas sobre el atentado hacen sufrir a los familiares de los heridos y asesinados. Y ello a pesar de que dos tercios de las víctimas siguen exigiendo justicia en los casos que aún están abiertos en los tribunales. Aquellos que están convencidos de que ya se conoce toda la verdad en torno al 11-M no deben tener miedo a que otros la busquen. Lo realmente incomprensible es privar de respuesta a las víctimas y a muchos otros españoles que aún se siguen haciendo preguntas.

EL MUNDO 3 Editorial

Ocho años después del 11-M (José Manuel Rodríguez Uribes EL PAÍS 18) Las víctimas son nuestra tabla de salvación. Representan lo que nadie les pidió ser: la grandeza del ser humano. Cuidémoslas siempre y tratémoslas con respeto.

sábado, 3 de marzo de 2012

El Juicio que fue una farsa

A lo largo de los últimos años, los medios de comunicación independientes han ido poniendo sobre la mesa una catarata de evidencias que demuestran que las investigaciones oficiales del 11-M no son otra cosa que una inmensa y grosera manipulación: pruebas destruidas, pruebas falsificadas, pruebas ocultadas, culpables imposibles... No hay aspecto del 11-M al que miremos, que no lleve en su cara el sello de la irregularidad policial o judicial.

Al principio, los defensores de la versión oficial optaron por ridiculizar las investigaciones de los medios independientes. Después, a medida que las evidencias de falsificaciones se acumulaban, pasaron a intentar ningunear a esos medios. Ahora, cuando ya la montaña de irregularidades constatadas es tan grande que no se puede ocultar a la vista, se refugian cada vez más en la cantinela de que el 11-M es cosa juzgada.

Pero una media verdad es la peor de las mentiras posibles.

El 11-M es cosa juzgada, sí, pero la instrucción del sumario y el juicio fueron una auténtica farsa. Mientras duró la instrucción, el juez Del Olmo mantuvo el sumario bajo secreto, impidiendo a las víctimas conocer los detalles de las investigaciones y pedir diligencias de prueba. Ahora entendemos por qué se hizo eso: porque todo el sumario no es más que una inmensa mentira, basada en la destrucción y ocultación de las pruebas reales y su sustitución por otras pruebas demostrablemente falsas.

Pero eso quiere decir que se manipuló a las víctimas de la masacre, que se las impidió ejercer su derecho a participar en las investigaciones, que se precocinó una versión falsa de los hechos sin permitir a las acusaciones cuestionar esa versión y buscar a los verdaderos culpables.

¿Es moralmente lícito hablar de cosa juzgada en esas condiciones?

No hay ni una sola prueba fundamental del caso que no sea fraudulenta, desde la mochila de Vallecas a la furgoneta de Alcalá, pasando por el famoso coche Skoda Fabia o el siniestro episodio de Leganés.

¿Es racionalmente admisible hablar de cosa juzgada en esas condiciones?

Escenarios del crimen que se desguazan con pasmosa rapidez. Presuntos suicidas a los que no se les hace autopsia. Informes de análisis de explosivos que se ocultan. Actas de recogida de muestras que no se adjuntan al sumario.

¿Es argumentalmente defendible hablar de cosa juzgada en esas condiciones?

Explosivos que aparecen sin que los perros policía sean capaces de olerlos. Documentos que se falsifican. Evidencias que surgen de la nada en dependencias policiales. Testigos que reciben cuantiosas sumas de dinero por reconocer a quien antes no reconocían.

¿Es lógicamente sostenible hablar de cosa juzgada en esas condiciones?

Jueces que mienten a las víctimas. Abogados de oficio obligados a leerse 150.000 folios de un sumario en escasos días. Medios de comunicación dispuestos a machacar a la opinión pública con consignas irracionales. Informaciones exculpatorias de los condenados que se hurtan al juez. Confidentes que se prestan a hacer el paripé en la causa. Intoxicaciones a granel para embarullar el sumario.

¿Es democráticamente tolerable hablar de cosa juzgada en esas condiciones?

Lo siento, pero no puede haber cosa juzgada allí donde la Justicia no ha sido más que una burla, una vulgar imitación formal de la Justicia verdadera.

Quien se refugie en la formalidad de la cosa juzgada para negar la Justicia a las víctimas del 11-M, estará cometiendo la misma indignidad que aquellos que mantuvieron cinco años más en la cárcel a Theodore Marcinkiewicz, después del indulto de Joseph Majczek, alegando simplemente que su injusta condena era... una cosa juzgada.